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Antes de ser palabra, Grieta fue acción.

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El primer gesto de la vida: la semilla que no resiste más su propio silencio y se abre, se rasga, se entrega, para dar espacio a la vida.

Todo lo que respira empezó siendo una membrana que no pudo sostener su propia quietud.

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Grieta es esa fractura primitiva. La línea fina e imprevista por donde algo que dormía decide despertar.

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Porque toda grieta es, ante todo, una promesa de espacio.

Lo que se presenta ante nosotros como piedra, como muro, como certidumbre inamovible, ya lleva dentro la línea de su propia transformación.

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Todo lo que existe está, en algún grado, agrietándose.

No destruye para dejar vacío: destruye para abrir espacio.

Abre un lugar exacto —estrecho, precario, temblando todavía— para que lo que no tiene aún nombre pueda finalmente expresarse.

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Llamo Grieta a ese instante. A la fisura mínima que se abre cuando lo desconocido que llevo dentro ya no puede seguir esperando.

Cada obra que hago es esa apertura: el punto exacto donde el misterio interno encuentra, por fin, un lugar en el mundo para expresarse.

No invento lo que sale por esa grieta. Lo escucho. Lo acompaño. Le abro paso.

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Porque sé que nada de lo que parece sólido en mí lo es del todo.

Debajo de cada certeza que muestro hay un movimiento que todavía no se ha manifestado, una fractura que ya está en camino aunque yo no la vea.

Hacer teatro es, para mí, ponerme a la escucha de esas fracturas propias.

Es confiar en que aquello que se agita en la oscuridad —sin forma, sin nombre, sin explicación todavía— merece un espacio para nacer.

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No hago teatro para mostrar lo que ya sé.
Lo hago para dejar salir lo que no sabía que llevaba dentro.

Ahí, en esa línea diminuta que se abre entre lo que fui y lo que todavía no soy, es donde pongo el cuerpo, la voz, la escena entera.

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